Enamorarse para sobrevivir: cuando el amor es un refugio disociativo del trauma

Introducción

¿Y si la mejor forma de escaparme de mí misma fuera enamorarme?

Seguramente conoces esa sensación gloriosa del enamoramiento: olvidarte de todo, vibrar de emoción cuando te mira, te responde o te besa. Sin embargo, hay momentos en que enamorarse no surge de un deseo auténtico ni de una conexión genuina, sino de un impulso muy primitivo y salvaje: un instinto de sobrevivencia

Desde la Academia de Coaching Somático, queremos iluminar un fenómeno tan común como poco nombrado: el enamoramiento como estrategia pasiva y disociativa de supervivencia. Un mecanismo neurobiológico y emocional que, lejos de ser caprichoso, expresa la sabiduría del cuerpo tratando de encontrar refugio cuando no hay otra salida.

El amor como respuesta somática: una lectura desde la teoría polivagal

La teoría polivagal de Stephen Porges nos enseña que el sistema nervioso responde al peligro en tres escalas:

  1. Conexión social segura (sistema ventral vagal).
  2. Lucha o huida (estado simpático).
  3. Congelamiento o disociación (sistema dorsal vagal).

Cuando no podemos luchar, huir ni encontrar seguridad en otro ser humano, el cuerpo desconecta para sobrevivir. La mente se distancia de la realidad dolorosa y fabrica una alternativa: un lugar más seguro donde refugiarse.

Y a veces, ese lugar seguro tiene forma de una fantasía amorosa.

No es necesario sentirse en un peligro real, e incluso crear fantasías amorosas, puede ser una tendencia ya construida y fácil de habitar en los momentos en que nos sentimos saturados, como cualquier otra tendencia disociativa.

Enamorarse como estrategia disociativa: dulce pero adaptativa

Una parte de nuestro ser busca conexión a toda costa. Y si no puede obtenerla en la realidad, la imagina. Así aparece el enamoramiento como salvavidas emocional.

No hablamos del amor sano y mutuo, sino de ese apego intenso e irreal, que se instala como una nube neuroquímica para amortiguar la incomodidad de estar plenamente en el presente.

Buenos Aires, 20 de octubre de 2009.

Mi día con vos…

Me levanté y vi tu recuerdo frente a mí, pensé en vos. Preparé mis cosas a la velocidad de la luz, me cambié, salí de mi casa y yendo en el tren: pensé en vos. Llego al estudio, tomo mis cosas y en mi viaje a tribunales pienso en vos. Mientras que miro mis expedientes, mi mente no realiza otra acción que, pensar en vos. Espero en los juzgados y pienso, en vos; camino por los pasillos y tus besos me acompañan. Vuelvo al estudio, enciendo mi PC y pienso en vos; me conecto, chequeo mis emails; todo, pensando en vos. A la hora del almuerzo compro comida y luego pienso en vos. Vuelta a la facu no paro de pensar en vos. Me dirijo a la biblioteca y escribo, PENSANDO EN VOS.

C.J.

La química del amor… y del escape

El enamoramiento activa en el cerebro una poderosa cascada de sustancias:

  • Dopamina: euforia, recompensa, fijación. Es el neurotransmisor central del circuito de recompensa. Aumenta durante el enamoramiento, generando sensaciones de euforia, placer y motivación. Es responsable de la sensación de “enganche” y fijación hacia la persona amada, haciéndonos querer más interacción, más contacto, más cercanía.
  • Oxitocina: confianza, apego, calma. Conocida como la “hormona del apego o del amor”, se libera especialmente durante el contacto físico, las caricias y la intimidad.
  • Endorfinas: analgesia emocional y física. Son los analgésicos naturales del cuerpo. Aumentan durante los estados amorosos y ayudan a reducir el dolor físico y emocional, generando bienestar general, sensación de ligereza e incluso euforia. Contribuyen a que el enamoramiento sea experimentado como una especie de “refugio” emocional.
  • Cortisol y baja serotonina: inquietud, obsesión, vulnerabilidad. El enamoramiento no es solo placer; también tiene una cara vulnerable. Los niveles elevados de cortisol, la hormona del estrés, junto con una disminución de la serotonina, se asocian a la inquietud, la obsesión, la inseguridad y la ansiedad. Esto explica por qué, en las primeras etapas del enamoramiento, podemos sentirnos fácilmente alterados, celosos o preocupados por la reciprocidad del vínculo.

Estas sustancias no son casuales: forman parte del intento del cuerpo de reorganizarse internamente frente al caos externo. Estudios (Schore, 2003, 2012) han demostrado que personas con trauma pueden producir picos de oxitocina y endorfinas al disociarse, generando un estado de bienestar paradójico en medio del sufrimiento.

Así, enamorarse puede ser una respuesta somática protectora: una droga natural que el cuerpo segrega para sobrevivir.

Apego traumático: amar lo que asusta

La ciencia del apego lo ha mostrado claramente: incluso un niño que sufre abuso buscará el abrazo del agresor, porque apego y supervivencia están entrelazados.

Este patrón se extiende a la vida adulta:

  • Nos apegamos a quienes nos hacen daño.
  • Idealizamos vínculos imposibles.
  • Saltamos de un amor intenso a otro sin pausa.

Detrás de esto no hay debilidad, sino un sistema nervioso que aprendió a buscar seguridad en lo que está disponible, incluso si no es saludable.

Enamorarse para no sentir el vacío

Cuando la persona no puede regular su sistema por otros medios, el enamoramiento se vuelve una forma de anclaje. Un vínculo –real o imaginario– que da estructura, sentido y alivio.

Desde la mirada del coaching somático, vemos en este mecanismo una inteligencia corporal: el organismo elige flotar antes que derrumbarse. Y esa nube, fue un refugio necesario.

Del enamoramiento-disuasión al amor con presencia

A través de coaching somático, proponemos una transformación:

De flotar por necesidad,

a habitar el cuerpo por elección.

De idealizar para sobrevivir,

a vincularse desde la libertad.

Porque el amor auténtico no anestesia: arraiga, conecta y sostiene.

Y cuando el cuerpo vuelve a confiar, el amor deja de ser refugio y se convierte en hogar.

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