Una lectura somática para coaches, terapeutas y emprendedores que quieren formarse y acompañar desde una mirada holística del ser humano (no solo desde síntomas u objetivos).

Nos enseñaron que el estrés se va con descanso y con “relajar”.  Pero hay un tipo de estrés que no se va: se instala.

Se instala como respiración alta, bruxismo, urgencia interna, tensión en trapecios, sueño liviano. No porque estés “mal”. Sino porque tu sistema aprendió que estar en alerta es lo más seguro. Y desde ese aprendizaje, esta forma de estar en el mundo, esta organización, se instaló como parte de tu identidad. 

A eso muchas personas lo llaman “estrés crónico”.  En coaching somático lo entendemos como un patrón de organización basal (o una tendencia condicionada del sistema nervioso).

Por ello, es que hay un tipo de hiperactivación que no se resuelve con una sesión. Ni con un masaje. Ni con una conversación brillante donde todo “cierra”.

Y esto no es porque esos recursos no sirvan. Sirven muchísimo. Es porque el problema no es un nudo aislado: es un patrón de base. Un nivel de alerta que el cuerpo aprendió a considerar normal.

Ese patrón puede expresarse como mandíbula apretada, sí. Pero también como cuello en guardia, trapecios cargados, base del cráneo densa, respiración alta, psoas tenso, digestión alterada, sueño liviano, cefaleas, urgencia interna. Cambia la zona, pero el mensaje es el mismo: tu sistema está viviendo como si hubiera algo que anticipar.

Lo interesante —y lo útil para quienes acompañamos desde lo somático— es que esta hiperactivación no vive solo en “lo emocional” ni en el pensamiento. Vive en el modo en que el cuerpo habita el espacio y se expresa a través de su propio esquema corporal*.

Vuelvo de la consulta… y todo sigue igual.

¿Te ha pasado que vas a una sesión de masajes, fisioterapia, osteopatía —o tu terapia favorita— y te sientes mejor por unos días… pero después vuelves a lo mismo?

Vuelve el cuello en guardia. Vuelve la mandíbula apretada. Vuelve la respiración alta. Vuelve el cansancio con motor encendido.

Y esto es importante: no pasa por ir más seguido. No pasa por “hacerlo perfecto”. No pasa porque te estés olvidando de los ejercicios.

Pasa por otro lado.

No es falta de voluntad. Es que tu sistema encontró una forma de sostenerse y, por ahora, esa forma es la que le permite funcionar. Es la organización que conoce. La que le resulta familiar. La que se siente “segura” para expresarse y ser.

Por eso la pregunta que ordena el acompañamiento no es solo: ¿Qué músculo está tenso?”, sino: “¿Qué patrón está sosteniendo esa tensión… y para qué?”

Cómo se originan los patrones habituales de conducta

Un patrón no es un defecto. Es una solución aprendida.

Tu sistema nervioso no busca “tener razón”. Busca tener seguridad (o al menos, previsibilidad). Y cuando encuentra una estrategia que funciona una vez, la repite. Cuando la repite lo suficiente, la estrategia deja de sentirse como estrategia… y empieza a sentirse como “yo”.

En nuestro enfoque en coaching somático lo miramos como una secuencia de fases:

  • Fase 1: orientación (neurocepción / sistema nervioso autónomo)

  • Fase 2: preparación para responder (procesamiento cognitivo)

  • Fase 3: respuesta automática / impulso (acción)

  • Fase 4: cristalización del patrón en el esquema corporal → forma-identidad

Un detalle importante: la neurocepción no ocurre “en vacío”. Está influenciada por lo que venía ocurriendo antes (las fases previas).

Por eso, dos personas pueden vivir el mismo estímulo y organizarse de formas completamente distintas.

Antes de que aparezca el síntoma, el cuerpo ya se orientó y se preparó. La respuesta es el final de una secuencia.

Cuando el impulso se repite, se vuelve identidad.

La respuesta final de la secuencia es el gran punto ciego en muchos acompañamientos: cuando un patrón se repite, se cristaliza en el esquema corporal y se vuelve forma-identidad.

Dicho simple: no es solo algo que te pasa → es algo que te organiza. Y esa forma de estar en el mundo influye los comportamientos posteriores.

Además, el esquema muestra algo esencial: esta forma-identidad no se sostiene solo por el cuerpo; también está influenciada por creencias, temperamento, genes, ambiente, cultura, personas.

En coaching somático no reducimos la experiencia a la búsqueda de la causa o del culpable de un síntoma o estado: leemos el patrón como una forma de ser en el mundo compleja, sin guiarnos porque algo esté mal o necesite sanar, sino más bien, buscando modos alternativos de estar en el mundo desde los cuales aporten fluidez y libertad.

“Cuando la respuesta se repite, se cristaliza en el esquema corporal. No es un evento: es una forma de estar.”

Por qué una intervención local ayuda… y aun así el cuerpo vuelve

Aquí se aclara el misterio que tantas personas traen:

  • El masaje afloja tejido, sí.

  • La liberación miofascial puede dar alivio real.

  • Un insight puede abrir comprensión profunda.

  • Una sesión puede traer regulación.

Y aun así, el cuerpo vuelve al patrón.

No porque “no se relajó”. Sino porque el patrón no necesita relajarse: necesita reorganizarse.

Porque lo que vuelve no es la tensión: vuelve la forma.

 El patrón no necesita relajarse: necesita reorganizarse.

Cuando el cuerpo pierde volumen, gana tensión

El movimiento humano se organiza en ejes (arriba/abajo, lado a lado, adelante/atrás) y se expresa en planos (sagital, frontal, transversal). En un cuerpo disponible, esos ejes y planos se combinan con fluidez y aparece algo esencial: tridimensionalidad.

La tridimensionalidad es el volumen interno. 

En un cuerpo hiperactivado, suele ocurrir lo contrario: el sistema reduce opciones para estar a salvo. Y eso se ve como una especie de vida corporal “en 2D”. Funcional, sí. Pero pobre en alternativas.

Cuando el cuerpo funciona en menos dimensiones, necesita compensar con fijación. Y ahí aparecen los “anclajes” crónicos o “pisos falsos”, como los llama Ruella Frank.

Una de las estrategias que usamos en coaching somático para reorganizar los anclajes o pisos falsos es trabajar con herramientas somáticas; puedes aprender a utilizarlas en nuestras diferentes ediciones del kit de herramientas. 

Tres ejes, tres maneras de sostener el estrés

Imagina la cruz tridimensional:

1) Eje adelante–atrás: la vida en modo “ir”

Este eje es el de la acción. Y en hiperactivación suele dominar el “adelante”: resolver, producir, anticipar.

Se siente así:

  • el cuerpo se proyecta hacia lo que viene

  • la cabeza se adelanta

  • la mirada se estrecha

  • el descanso se vuelve “pérdida de tiempo”

Cuando el “atrás” (retorno, retirada, pausa) no está disponible, el sistema necesita músculos guardianes que sostengan esa flecha constante. Ahí entran con fuerza cuello, base del cráneo, diafragma y psoas.
2) Eje arriba–abajo: sostener en vez de entregarse

Hay cuerpos que no están “hacia adelante”, sino “aguantando”. Como si ceder peso fuera peligroso.

Se siente así:

  • rigidez postural

  • pelvis que no descansa

  • suelo pélvico y abdomen en guardia

  • dificultad para sentir apoyo real

  • sensación de empuje en la exhalación para no “soltarse del todo”

Aquí el estrés no se expresa como urgencia, sino como control. Es el cuerpo diciendo: si me relajo, me caigo (aunque sea una caída interna).
3) Eje lado a lado: cerrarse y protegerse en vez de conectar.

Este eje atraviesa el pecho y los brazos: recibir y ofrecer, expandirse, ocupar espacio y contraerse con el entorno.

Cuando está empobrecido, suele haber:

  • respiración menos plena (porque el tórax no “dialoga”)

  • hombros en guardia

  • dificultad para ocupar espacio sin tensión

  • sensación de estar “sola” sosteniendo el mundo

  • falta de valoración personal

  • sensación de “no ser vista ni valorada”

Muchos cuadros de hiperactivación crónica son, en el fondo, un cuerpo con poca experiencia de apoyo relacional: sin ese eje vivo, el sistema trabaja más.

Tres planos: donde falta movimiento, el cuerpo “amarra”

En estrés crónico, lo común es que el movimiento se especialice y pierda riqueza. Y el cuerpo “amarra” en zonas típicas.

Plano transversal (rotación): la salida del túnel

La rotación cambia perspectiva. Es una función regulatoria en sí misma.Cuando falta rotación:

  • aparece visión de túnel

  • la base del cráneo trabaja de más

  • aumentan cefaleas tensionales y rigidez cervical

No es solo biomecánica: es percepción. Sin rotación, hay menos mundo. Y con menos mundo, hay más alarma.

Plano frontal (lateralidad): balance y alternancia

Moverse de lado a lado, transferir peso, diferenciar. Es un plano de complejidad.

Cuando falta lateralidad:

  • trapecios y cintura escapular cargan

  • hay sobreuso unilateral, hombro dominante, cervical que compensa

  • cuesta “salirse” de una postura interna rígida

Plano sagital (flexión/extensión): rendimiento y continuidad

Es el plano más reforzado por nuestra cultura. Pantallas, tareas, metas. Mucho sagital produce continuidad… pero también puede crear un cuerpo que no sabe volver al centro.

Cuando domina sin los otros:

  • el diafragma se vuelve control (no respiración)

  • el psoas se queda encendido

  • aparece insomnio por dificultad para soltar el impulso

La pieza más importante: el cuerpo se tensa donde una dimensión falta

El movimiento en cada plano rota alrededor de una tercera dimensión no expresada.

Donde una dimensión no está disponible, el cuerpo crea fijación para sostener la vida igual.

Por eso no es “la mandíbula”. No es “el trapecio”. No es “el psoas”.Es el sistema diciendo: necesito este anclaje para mantener mi manera de estar en el mundo.

Y ahí aparece el motivo por el cual una intervención localizada puede ayudar… y aun así el patrón vuelve.

Lo crónico no se resuelve por intensidad. Se transforma por reorganización.

¿Qué cambia entonces? No “relajar”, sino devolver opciones

El objetivo no es perseguir el síntoma, sino devolverle al sistema nervioso más caminos posibles.

  • Más rotación (perspectiva).
  • Más lateralidad (alternancia).
  • Más retorno (volver atrás sin amenaza).
  • Más entrega a la gravedad (dejar de sostenerlo todo).
  • Más tridimensionalidad (espiral, volumen, juego).

Cuando el cuerpo recupera opciones, ya no necesita sostener un solo plan defensivo. En sesiones de coaching somático trabajamos de forma fenomenológica para que el cuerpo recupere la seguridad en sí mismo y su propia expresión auténtica. 

Sostenemos una organización para que se produzca una desorganización (apertura somática) que genere más vitalidad, en pos de un deseo, de una visión, de una forma más fluida y feliz de estar en el mundo. 

Y cuando ya no necesita un plan defensivo constante, los anclajes —sea mandíbula, cuello, trapecio, base del cráneo, psoas— dejan de ser indispensables.

Para tu mirada como acompañante: 6 preguntas que ordenan una sesión

  1. ¿Qué eje domina hoy: adelante, arriba, o cierre lateral?
  2. ¿Qué dimensión está empobrecida: retorno, entrega, lateralidad, rotación?
  3. ¿Dónde se fija el sistema cuando le falta una dimensión (mandíbula, cuello, diafragma, psoas…)?
  4. ¿Qué cambia si invitas micro-movimiento en el plano ausente, sin “corregir”?
  5. ¿Qué cambia si la persona recupera “más mundo” (orientación, amplitud, rotación, periferia)?
  6. ¿Qué identidad sostiene el patrón? (la que resuelve / la que aguanta / la que no pide / la que no ocupa)

El estrés crónico no es solo estrés. Es una arquitectura.

Una forma de habitar el espacio con menos grados de libertad. Y el cuerpo, fiel y eficiente, compensa esa falta de libertad con tensión.

Si empezamos a leer ejes y planos, el acompañamiento se vuelve más claro: no trabajamos “músculos tensos”; trabajamos la pérdida de tridimensionalidad que esos músculos están sosteniendo.

Donde vuelve el volumen, baja la alarma. Donde baja la alarma, el cuerpo puede, por fin, descansar.


*El esquema corporal refiere a la postura corporal junto al espacio y movimiento, mientras que la imagen corporal es la imagen que tenemos de nuestro cuerpo en sí.



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